TEMPUS NAVITATIS SALVATORIS MUNDI

“Y mientras estaban allí (en Belén) le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su Hijo Primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada”. “Y Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros”. En el tiempo de Navidad los cristianos celebramos el misterio de la manifestación del Señor; su humilde nacimiento en Belén de Judá, su primera venida a este mundo, para redimir a la humanidad de la esclavitud del pecado, expresión del infinito amor de Dios Padre por los seres humanos. Su duración abarca desde las vísperas del día 25 de diciembre hasta el primer domingo después de la Epifanía, llamado también domingo de septuagésima, entre dos y tres semanas. Se desconoce la fecha histórica del Nacimiento de Jesucristo, aunque algunos escritores sagrados y profanos a partir de Clemente de Alejandría (150-215) la han hecho oscilar entre el 17 de diciembre y el 29 de mayo. A principios del siglo II empezó a celebrarse en el Oriente en los primeros días de enero y con preferencia el día 6, la fiesta de la Epifanía o de las diversas manifestaciones del Señor, o sea, su Nacimiento, la Adoración de los Reyes y su Bautismo, fiesta que se había impuesto, para el siglo IV, en casi toda la Iglesia universal. En la antigua Roma las celebraciones de Saturno durante la semana del solsticio de invierno eran el acontecimiento social principal y llegaban a su apogeo el 25 de diciembre con la fiesta del nacimiento del Sol Invicto. Como en las sagradas escrituras no se recogía la fecha del nacimiento de Cristo, el Papa Julio I en el año 350 desglosó de la fiesta de la Epifanía la memoria del Nacimiento de Cristo, verdadero Sol de justicia, y la trasladó para la Iglesia latina a esa misma fecha con el fin de hacer más fácil la conversión de los romanos al cristianismo sin necesidad de abandonar sus festividades. Finalmente sería el Papa Liberio quien en el año 354 decretaría el 25 de diciembre como el día del nacimiento de Jesús de Nazaret. Hacia el año 375, San Juan Crisóstomo la implantó en Antioquía de donde pasó a Constantinopla, la primera mención de un banquete de Navidad en tal fecha en esta ciudad data del año 379, bajo Gregorio Nacianceno; poco después llegaría a Jerusalén y no sería hasta ya entrado el siglo V, por el año 430, cuando la fiesta del Nacimiento de Jesús alcanzó Alejandría , de donde se extendió por toda la Iglesia de oriente. La Navidad es un periodo de tiempo que discurre, ininterrumpidamente, en torno al pesebre de Belén, en el que la Iglesia contempla y celebra al Divino Niño Jesús, las primeras y solemnes manifestaciones del mismo a los hombres y la alegría y excelencias de la maternidad de María. Del relato evangélico de Lucas (Lc 2, 1-21) se deduce que Jesús nació en la humildad de un establo, en el seno de una familia pobre; unos sencillos pastores son los primeros testigos de tan excepcional acontecimiento, son primicia de Israel que acoge al Salvador, y es en esa pobreza donde se manifiesta la Gloria del Cielo, el Hijo de Dios, que se solidariza con los pobres porque “siendo rico se ha hecho pobre” para así enriquecernos en el espíritu “por medio de su pobreza” (Cor 8,9), y se ha hecho hombre por nosotros los hombres y por nuestra salvación. Es precisamente en un clima de sencillez, de humildad, de pobreza, de confianza en Dios y de solidaridad en el que viene a nacer el “Enmanuel” (Dios con nosotros), valores que se esconden en el misterio de la Navidad, aunque no son los únicos. Alegría y paz, los ángeles anuncian a los pastores que ha nacido el Salvador del Mundo, “el Príncipe de la Paz” y cantan con alegría el deseo de paz “Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz a los hombres que Él ama”, símbolos de la alegría y paz mesiánicas a las que aspira el ser humano. El valor sagrado de la vida, acontecimiento que se realiza en el parto de toda mujer y que en el de María ha hecho visible y posible que el Verbo de la Vida haya venido a los hombres; y el más importante de todos y sin el cual nada sería posible, pues de él surgen todos los demás dones y valores, el amor infinito de Dios, “Tanto amó (el Padre) al mundo que nos ha dado a su Hijo único” (Jn 3,16). “Hacerse niño” con relación a Dios es la condición para entrar en el Reino (Mt 18, 3-4), para eso es necesario hacerse niño, como Jesús en el pesebre; más todavía, es necesario “nacer de Dios” para hacerse hijos de Dios (Jn 1, 12-13). El misterio de la Navidad se realiza en nosotros cuando Cristo “toma forma” en nosotros (Ga 4, 19). Como afirmaban los santos padres la Navidad es el misterio por el que el Verbo de hace carne para que el hombre pueda ser Hijo de Dios. El creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de la Virgen María y, hecho hombre sin concurso de varón, por obra del Espíritu Santo, nos da parte de su divinidad. La fiesta litúrgica de la Navidad se caracteriza por el uso del color blanco, por la celebración de tres misas y la celebración nocturna de maitines y laudes, antes y después respectivamente de la primera misa. Ésta hoy día se suele celebrar a media noche, pero primitivamente en Roma lo era “ad galli cantum” al canto del gallo y conmemoraba el nacimiento del Hijo de Dios en Belén, el canto litúrgico típico de esta misa es el “Gloria in Excelsis”, entonado un día, en ese mismo momento, por los ángeles del cielo. La Iglesia saluda su reaparición en la liturgia, después de haberse privado de él durante el adviento, con alborozados repiques de campana; la segunda misa al despuntar la aurora que conmemoraba la adoración de los pastores, primicia de Israel y la tercera en pleno día conmemoraba la adoración de los magos, primicia de los gentiles y su manifestación a todo el mundo. El uso de las tres misas debió empezar en Roma durante el siglo V pues en el siguiente ya aludía a él el papa San Gregorio el Magno. Desde entonces, todos los sacerdotes pueden celebrar ese día tres misas; pero los fieles tan sólo pueden comulgar una vez y satisfacen el precepto asistiendo a cualquiera de ellas. En la Edad Media, después de la Misa del Gallo y antes de Laudes se representaba en muchas iglesias el Oficio de los Pastores, que era una representación escénica el nacimiento del Niño Jesús. Durante la octava de Navidad, el día 27 de diciembre, la Iglesia recuerda a San Juan Evangelista, quien tuvo la inmensa dicha de ser el discípulo más amado por Jesús, su nombre significa “Dios es Misericordioso”, era nativo de Galilea e hijo de Zebedeo, escribió el cuarto Evangelio, el libro del Apocalipsis y algunas Epístolas; se encontraba remendando las redes a la orilla del lago de Genesaret, junto a su hermano Santiago “el Mayor” y sus compañeros Simón y Andrés cuando el Señor pasó cerca de ellos y les ofreció hacer de ellos “pescadores de almas”. También durante la octava el misal señala, en clara relación con el nacimiento de Jesús, para el 28 de diciembre la conmemoración del martirio de los Santos Inocentes cuya sangre fue derramada a causa del rechazo y la animadversión del rey Herodes hacia Jesús, en este día la Iglesia en señal de duelo usa los ornamentos morados y suprime en la misa el gloria, el aleluya y el ite missa est. A lo largo de los siglos y en todo momento la octava de Navidad ha sido de extraordinario regocijo y además de conmemorar la Matanza de los Santos Inocentes la Iglesia también conmemora, el domingo dentro de la octava, la fiesta de la Sagrada Familia, en la que se celebra el santo núcleo familiar en el que “Jesús crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y los hombres” (Lc 2, 52); finalizaba ésta el 1 de enero con alusiones especiales en la liturgia a la maternidad de la Santísima Virgen María; pero no era día de fiesta, por el contrario si lo era en el ámbito pagano que celebraba en ese día al dios Jano, la Iglesia en desagravio de estas fiestas paganas de año nuevo prescribió, primero preces públicas de penitencia, y luego contrapuso la fiesta de la Circuncisión del Niño Jesús al octavo día de su nacimiento (Lc 2, 21), este acontecimiento es señal de la inserción de Cristo en la descendencia de Abraham, en el pueblo de la Alianza, de su sometimiento a la Ley y de su consagración al culto de Israel en el que participará durante toda su vida; para finalmente aunar en un mismo oficio y festividad las tres conmemoraciones: el de la Octava de Navidad, el de la Maternidad de María y el de la Circuncisión, que es la que con carácter preceptivo celebramos hoy día para santificar con ella la entrada del nuevo año civil. Entre la Circuncisión y la Epifanía el 3 de enero la Iglesia celebra el día del Santísimo Nombre de Jesús, que significa “Dios es Salvación”. Invocado por los fieles desde comienzos de la Iglesia, comenzó a ser venerado en las celebraciones litúrgicas en el siglo XIV. Los franciscanos y entre ellos San Bernardino de Siena propagaron el culto del Nombre de Jesús. En 1530 el papa Clemente VII concedió por primera vez a la orden franciscana la celebración del Oficio del Santísimo Nombre de Jesús. El 6 de enero la Epifanía que es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del Mundo (Mt 2, 1-11). La Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos “magos” venidos de oriente. En estos “magos” representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el evangelio de las primicias de la naciones que acogen, por la Encarnación, la buena nueva de la salvación. La llegada de los magos a Jerusalén para “rendir homenaje al Rey de los Judíos” muestra que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David, al que será el rey de la naciones, su venida significa que los gentiles no pueden descubrir a Jesús y adorarle como Hijo de Dios y Salvador del Mundo sino volviéndose hacia los judíos y recibiendo de ellos su promesa mesiánica tal como está contenida en el Antiguo Testamento. El domingo dentro de la octava de la Epifanía la iglesia conmemora el Bautismo de Jesús en el rio Jordán. En este misterio contemplamos la primera manifestación pública de Jesús ya adulto. Los relatos de la vida de Jesús señalan su bautismo como la inauguración de su vida pública y además es la gran teofanía o manifestación de Dios en que por primera vez se revela el misterio de la Trinidad. Las tres divinas personas se hacen presentes: El Hijo en la persona de Jesús; el Espíritu Santo en forma de paloma que se posa suavemente sobre su cabeza; el padre mediante la voz de lo alto: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto, en quien me complazco” (Mt 3, 13-17), que proclama la filiación divina de Jesús y lo acredita como su enviado. Bautismo de Jesús, bautismo de los cristianos; no se trata de simple agua natural se trata de un agua que lleva dentro el fuego del Espíritu Santo, que nos transfigura haciéndonos Hijos de Dios. Al reflexionar sobre el Bautismo de Jesús, comprendemos mejor que aquel Niño que contemplamos en Belén y que fue presentado ante los pueblos por medio de una estrella, ha de ejercer una misión en nombre de Dios, y que sobre el reposa toda la confianza del Padre y toda la fuerza del Espíritu Santo. Más aún, si en Navidad contemplamos al Verbo Encarnado, ahora se manifiesta todo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios se implica en la historia de la humanidad.