La misericordia del Padre, pasión, muerte y resurrección del hijo

Charla formativa con motivo del Año de la Misericordia impartida por nuestro Hermano Mayor, D. Juan Carlos Moreno Almenara, durante el Triduo Cuaresmal a Nuestro Padre Jesús atado a la Columna. Disponible también en formato pdf

“LA MISERICORDIA DEL PADRE: PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN DEL HIJO”

“Buscaba el camino y no lo encontraba, hasta que penetré en mi interior y, al entrar vi, con los ojos del alma, una luz extraordinaria. Tú estabas dentro de mí y yo te buscaba fuera”. Desde siempre el ser humano ha buscado respuesta a los interrogantes más profundos de la vida y ha podido entrever, en el origen y en el fin de las cosas, una misteriosa realidad que fundamenta todo su existir. Por eso el ser humano siente la presencia del misterio de Dios en ciertos acontecimientos de su existencia, sobre todo ante el nacimiento de una nueva vida y ante la muerte. En estas cosas, el hombre siente la necesidad de abrirse a alguien que está más allá de él mismo y presentir que, en el fondo de estos acontecimientos, está Dios. “Lo que puede conocerse de Dios lo tienen los hombres a la vista: Dios mismo se lo ha puesto delante. Sus perfecciones invisibles, su poder y su divinidad, se hacen visibles en las cosas creadas para aquéllos que, con la inteligencia, penetran en sus obras” (Rm. 1,19-20). Los seres humanos por si mismos no habríamos nunca alcanzado el conocimiento de la existencia de Dios, si el mismo Dios invisible no hubiera salido a nuestro encuentro. El hombre no puede recorrer el camino hacia Dios, si Dios no se encamina antes hacia él. Dios en su bondad y sabiduría, decidió revelarse, mostrase a sí mismo y sacar a la luz el misterio de su voluntad. Y eso ha sido posible gracias al profundo e intenso amor que Dios siente por el ser humano. Y lo ha hecho mediante palabras u obras a lo largo de los siglos y finalmente a través de Jesucristo. Ante esta revelación el hombre es capaz de responder a Dios, que desde nuestro interior nos habla y nos invita a comunicarnos con Él; es capaz de acoger libremente la salvación que por amor, Dios nos ofrece. Pero al mismo tiempo la realidad revelada por Dios nos desborda hasta tal punto que necesitamos que el Espíritu Santo, abra nuestros ojos y nos ilumine para que veamos la luz de Dios. Dios es absolutamente simple e indivisible, no hay en Él ninguna parte, es decir, todo lo que hay en Él, en su esencia, es Él mismo. Así pues, Dios no solo es sabio, sino que es la Sabiduría, no solo es omnipotente, sino que es la misma Omnipotencia; en relación al mundo no sólo es providente, sino que es la Providencia misma; no sólo nos ama, sino que es el Amor mismo; no solo es misericordioso, sino que es la Misericordia misma. La Misericordia está entre los atributos de Dios. Atributo de Dios es aquella perfección que se encuentra substancialmente en la naturaleza divina. La Misericordia de Dios es al mismo tiempo bondad, compasión y amor. En el ser humano esta misericordia se hace virtud; virtud que brota del amor al prójimo; virtud que nos inclina a ayudar al que sufre o al que lo necesita. La misericordia en esencia es el amor a Dios y el amor al prójimo. La misericordia fruto del infinito amor de Dios, tiene su efecto en la historia del mundo; y aún más en la historia de la redención humana. En el Antiguo Testamento se manifiesta en el hecho de llamar y dirigir al pueblo escogido, y en el Nuevo Testamento, en el envío del Hijo de Dios al mundo, y en toda la obra de la redención. La misericordia supera todos los demás atributos de Dios, es igualmente amor, bondad y compasión pero a una dimensión que solo puede tener Dios: puesto que es inconcebible, insondable (no se puede averiguar), inefable (no se puede expresar con palabras), inagotable e infinita. La dimensión más grande del amor y el abismo mayor de la misericordia los encontramos precisamente en la encarnación y en la redención. En las relaciones humanas no se conoce amor más bello y cariñoso que el amor de la madre a su propio hijo. Pues el amor de Dios hacia los seres humanos, es más grande y más afectuoso que el amor más grande que podamos recibir por parte de los hombres. Es ese Amor del Dios uno y trino el que hace que Dios Padre nos envíe a Jesús, encarnación viva de Dios, para la salvación del género humano. Jesús es la Misericordia Encarnada de Dios, Él mismo nos dice “Yo soy el camino, la verdad y la vida” y “Nadie va al Padre sino a través de Mi”; también nos enseña que Dios Padre es más generoso con los pecadores que con los justos, dijo: “Os digo que más alegría proporciona al cielo un pecador arrepentido, que noventa y nueve justos que no necesitan penitencia”. La misericordia presta su ayuda a los que más la necesitan y cuya pobreza es mayor. La ley moral eterna, obliga a ofrecer ayuda, en primer lugar, a los que más la necesitan. Cuanto mayor es la pobreza, tanto mayor es el derecho a la Misericordia de Dios. Cuanto mayor es el pecador tanto mayor es su derecho a la Misericordia de Dios. Pero para ser merecedores de la Misericordia de Dios es esencial confiar en Él, es esencial tener fe. Jesús decía a sus seguidores “Si tenéis la más mínima fe diréis a esa montaña muévete y se moverá, y no habrá para vosotros nada imposible” (Mat. 17,20). Y sin fe no hay esperanza, ya que ésta surge de la fe viva en la infinitud de la bondad y amor divinos hacia nosotros. Y está íntimamente relacionada con la humildad, con la sincera y profunda convicción de que todo el bien depositado en nosotros, y el bien que hacemos, es don y obra de Dios; que no tenemos nada que no provenga de Dios. Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia; dad gracias al Dios de dioses, porque es eterna su misericordia; dad gracias al Señor de los señores, porque es eterna su misericordia. Sólo Él ha hecho grandes maravillas, porque es eterna su misericordia. El hizo sabiamente los cielos, porque es eterna su misericordia. Él afianzó sobre las aguas la tierra, porque es eterna su misericordia. Él hizo lumbreras gigantescas, porque es eterna su misericordia; el sol para presidir el día, porque es eterna su misericordia; la luna y las estrellas para presidir la noche, porque es eterna su misericordia. Él hirió de muerte a los primogénitos de Egipto, porque es eterna su misericordia; y sacó de allí a Israel, porque es eterna su misericordia; con brazo extendido y mano poderosa, porque es eterna su misericordia. Él dividió en dos partes el mar Rojo, porque es eterna su misericordia; hizo que Israel pasara por en medio, porque es eterna su misericordia; el hundió en el mar Rojo al Faraón y a su ejército, porque es eterna su misericordia. Él guió a su pueblo a través del desierto, porque es eterna su misericordia; hirió de muerte a los grandes reyes, porque es eterna su misericordia; quitó la vida a reyes poderosos, porque es eterna su misericordia; a Sijón, rey de los amorreos, porque es eterna su misericordia; y a Hog, rey de Basán, porque es eterna su misericordia; y dio sus tierras en heredad porque es eterna su misericordia; en heredad a Israel, su siervo, porque es eterna su misericordia. Él se acordó de nosotros en nuestra humillación, porque es eterna su misericordia; y nos libró de nuestros enemigos, porque es eterna su misericordia. Él da de comer a todas las criaturas, porque es eterna su misericordia. Dad gracias al Dios del cielo, porque es eterna su misericordia. Al atardecer del jueves antes de la Pascua tuvo lugar la institución del sacramento de la Eucaristía. Después de la última cena y antes de su Pasión, Jesús y los Apóstoles oraron con este salmo de la misericordia que narra la historia de la revelación de Dios, así lo atestigua el evangelista Mateo cuando dice que “después de haber cantado el himno” (26,30), Jesús con sus discípulos salieron hacia el Monte de los Olivos. Sabias son las palabras del Santo Padre cuando nos dice que “Mientras el Señor instituía la Eucaristía, como memorial perenne de Él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz. Saber que Jesús mismo hizo oración con este Salmo, lo hace para nosotros los cristianos, aún más importante, mas especial, y nos compromete a incorporar este estribillo en nuestra oración de alabanza cotidiana: ETERNA ES SU MISERICORDIA”. San Juan en su Evangelio dice que estando el Señor orando en el huerto fue prendido por “Judas, al frente de la tropa y de los guardias del sumo sacerdote y de los fariseos, fue allí con linternas, antorchas y armas” (Jn.18.3) durante la noche fue llevado ante Anás y Caifás, sus esbirros le agredieron, le insultaron, le maltrataron y le humillaron. Ya de madrugada lo condujeron ante Pilato que, sobre el final de la hora tercia y principio de la sexta, que comenzaba a las 12,00, dictó la sentencia de muerte. Antes de ésta fue azotado y coronado de espinas. Especialmente cruel fue la tortura de la flagelación, debido a que dedicamos este triduo cuaresmal a este episodio de la pasión del Señor me centraré un poco más en describir como debió de ocurrir según se desprende del análisis del Sudario de Cristo conservado en la catedral de Turín. Para esta tortura se utilizó un flagelo, en latín flagrum taxilatum, estaba formado por tres cuerdas de cuero tratadas con cera, rematadas cada una por dos bolas de plomo de un diámetro aproximado de un centímetro, unidas por una barrita metálica; cada bola pesaba unos 20 gramos. Las huellas de este instrumento han quedado impresas en el lienzo por la sangre que provocaron. El número de golpes contabilizado pasa de 120 latigazos en todo el cuerpo. Hay zonas ocultas del cuerpo en las que no pueden visualizarse los golpes, aunque se supone que también los recibiría. Sin embargo, se ve que los brazos, la cara, la cabeza y la zona del corazón en el pecho fueron respetados, seguramente para no provocarle la muerte inmediata. Sin embargo, la flagelación fue extraordinariamente cruel y dura. No se comprende cómo sobrevivió, ni tampoco cómo pudo estar tan sereno después. Sin duda, otra prueba de su divinidad. Pero ¿Cómo fue la flagelación? Por el estudio de las marcas que dejaron las bolas de plomo sobre el cuerpo se puede interpretar que a Jesús le pusieron de pie, de espaldas a una columna con los brazos hacia arriba y las manos atadas a alguna argolla en lo alto, por lo que no hay huellas de flagelación en los brazos, ni en la cabeza. Los pies debieron de amarrárselos a otra argolla en la base de la columna. El cuerpo lo dejaron totalmente desnudo y a merced de los verdugos. La flagelación duraría, aproximadamente, cuarenta y cinco minutos. Comenzarían a golpearle sin piedad por delante, posición apropiada para controlar los golpes y no darle en la zona del corazón ni tampoco en la cara para no dejarlo ciego. Un verdugo le castigaría por un lado y, al finalizar el golpe, un segundo comenzaría a pegarle por el otro lado, alternativamente, sucediéndose ambos rítmicamente en la acción. El trabajo fue sistemático, no dejando zona del cuerpo sin castigar. Cada golpe de flagelo lleva tres cuerdas con dos bolas de plomo cada una, por lo que son seis las bolas que golpean el cuerpo cada vez. Si multiplicamos 120 golpes por seis bolas de plomo, nos da la cantidad de 720 golpes de bolas de plomo aplicadas con todas las fuerzas del verdugo. La energía cinética con que se estrella el plomo contra el cuerpo es tan fuerte que hace rasgar la piel donde golpea y, sobre todo, por su efecto más pernicioso, que actúa en profundidad, se daña todo el sistema nerviosos periférico y sus receptores del dolor, el tejido muscular, vasos sanguíneos, nervios y órganos adyacentes, como la pleura, el corazón, el hígado y los riñones. Las fibras musculares se desgarran con cada golpe que reciben. Sus consecuencias serían una gran impotencia para moverse y respirar, no solo por el tejido muscular destruido, sino por el inmenso dolor que le provocaría cada movimiento. En cuanto al hígado, su lesión originaría una pérdida de fuerza muy grande. Los riñones quedarían inflamados por los golpes, y terminarían produciendo una insuficiencia renal aguda. En cuanto al corazón debió de sufrir una inflamación del pericardio, provocándole un dolor torácico como de muerte. No se le respetó nada. Incluso zonas tan delicadas como las ingles y los genitales, debieron golpearle dos o tres veces en dicha zona, lo que le produciría rotura escrotal, con pérdida de piel y tejido. El consiguiente dolor y la efusión de sangre debieron ser tremendos e insoportables. Una vez se cansaron de golpearle por delante, aflojarían las cuerdas que lo tenían amarrado por las manos y el cuerpo se derrumbaría. Debió hacerlo hacia adelante, pues siguieron golpeándole por la parte de atrás, estando Jesús, esta vez de rodillas con los pies atados al suelo y el dorso inclinado, ofreciendo la espalda a sus verdugos que siguieron ensañándose con Él. Al final de la flagelación debió de quedar una gran mancha o charco de sangre en el suelo y seguramente, restos de piel y tejido arrancados. Inmediatamente después de que Pilato dictara la sentencia de muerte, Jesús comenzaría el recorrido hacia el Calvario, al inicio de la hora sexta, que debió hacerse en menos de una hora, se deduce que a Jesús le clavarían en la cruz entre las 13,00 y las 13,30 horas. Su muerte tuvo lugar con seguridad en la hora nona, hacia las tres de la tarde, como así nos lo narran los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas. Estuvo colgado vivo de la cruz alrededor de hora y media, ”Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” dijo desde ella; Amor y Misericordia en todo momento y a pesar de la tortura, el tormento y el sufrimiento infligidos, hasta los estertores de la muerte para Redención de la humanidad entera. Y estuvo expuesto en la cruz hasta las cinco de la tarde en que fue descendido tras recibir la lanzada, procediéndose inmediatamente después a su sepultura, puesto que la pascua se iniciaba al oscurecer y los cuerpos no debían estar expuestos en día tan señalado. La muerte de Jesús está relacionada con su predicación del Reino de Dios, anunció con poder y autoridad, que el Reino de Dios estaba entrando en el mundo. Jesús experimenta la oscuridad de la muerte y aún el alejamiento de Dios que ésta lleva consigo, pues es fruto del pecado; desde la cruz clama con fuerte voz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Sufre la muerte con una confianza total e inquebrantable en Dios, su Padre, abandonándose en sus manos “sea tu voluntad y no la mía”. Y esa actitud de Jesús cambia por dentro el sentido de la muerte: Jesús, inocente y justo, misericordioso y fiel, confiado y lleno de amor, convierte en la más extrema cercanía a Dios, lo que era extrema lejanía de Él. La muerte, que es consecuencia del pecado del hombre, en Jesucristo, el Mesías, el Hijo de Dios vivo, al que le es extraño el pecado, se hace camino de vida eterna con su Resurrección. En Jesucristo resucitado, Dios salva y colma de vida, de libertad y de amor al hombre y a la creación. En Jesucristo, su hijo resucitado, Dios instaura definitivamente su alianza y su reinado. En la resurrección se cumplen del todo las promesas de salvación y se instaura definitivamente el reino de amor y misericordia que es el Reino de Dios. Jesús, con su palabra y con su vida, hizo visible a todos los hombres el amor misericordioso y fiel con que Dios nos ama. Nos revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Y es en Jesús y en su Rostro Misericordioso donde podemos percibir el amor a la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud “DIOS ES AMOR” (1Jn 4,8.16). Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión. Vivamos la cuaresma de este año jubilar como nos pide el santo padre en la bula del jubileo, con mayor intensidad que nunca y experimentando en nuestro ser la misericordia de Dios. Sería penoso que desaprovechemos la oportunidad que se nos brinda para redescubrir el Rostro Misericordioso del Padre. Para finalizar, como reflexión y a modo de oración las palabra del profeta Miqueas “Tú, oh Señor eres un Dios que cancelas la iniquidad y perdonas el pecado, que no mantienes para siempre tu cólera, pues amas la misericordia. Tú, Señor, volverás a comparecerte de nosotros y a tener piedad de tu pueblo. Destruirás nuestras culpas y arrojarás en el fondo del mar todos nuestros pecados (Cfr. 7,18-19).